Llegué a la
enseñanza más bien por casualidad o por tradición familiar, que casi parece lo
mismo, hace ahora más de 21 años. Tenía 14 años y pasé todo un mes de Julio
dando clases a niños de entre 6 y 8 años. Les enseñé matemáticas, lengua y un
poco de inglés, en unas clases de las que realmente recuerdo poco más que la
satisfacción propia de alguien de mi edad cuando me pagaron a final de mes, y
supe que podía hacer con ese dinero lo que yo quisiese.
Durante años lo
convertí en una costumbre. Una clase de hobby por la que me pagaban lo que yo
creía dinero fácil. Y con los años me di
cuenta de que se me daba bien, y que además, era satisfactorio ver que mi
trabajo daba sus frutos. Aunque no siempre obtenía el reconocimiento a todo el
esfuerzo que conllevaba, cosa que con el tiempo he aprendido que a veces va
implícito en esta profesión. Di clases particulares de todas las edades y trabajé
en diversas academias impartiendo todas las asignaturas de letras.
Pero no fue hasta
hace tan sólo 7 años cuando descubrí que esto, lejos de ser “dinero fácil” y un
hobby con el que cubrir gastos, se había convertido en mi vocación. A partir de ahí, fue sencillo darme cuenta de
que en realidad tenía unas ideas muy claras sobre lo que se debe o no hacer en
un aula.
Igual que cuando
somos padres no deberíamos olvidar nunca que alguna vez fuimos niños y
adolescentes, cuando somos docentes es nuestra obligación recordar que alguna
vez fuimos estudiantes. Es un fallo muy común. Parece como si nuestro paso por
la universidad nos haya hecho olvidar que alguna vez nosotros mismos nos
enfrentamos a los mismos problemas que nuestros alumnos. Personalmente, aplico
los mismos trucos que me ayudaron a solventar dificultades cuando era
estudiante. Ejemplos claros y sencillos para cualquier grupo de edad son la
clave. Aunque pueda parecer una obviedad.
Por otro lado, en
la medida de lo posible, debemos personalizar nuestra metodología al máximo. Cada alumno es una persona diferente al resto, con características y
capacidades propias. Hay distintos tipos de inteligencia (musical, visual,
artística, emocional,…), lo que implica que no todos los alumnos aprenden de la
misma manera; con lo cual, una sola metodología no es aplicable a todo el
alumnado. NO EXISTEN MÉTODOS MILAGROSOS, y nosotros nunca debemos vender a un
alumno la promesa de que va a aprender en un determinado tiempo. Siempre les
recuerdo a todos mis estudiantes que el tiempo en el que se consiga el
resultado buscado va a depender del tiempo que ellos inviertan en trabajar en
ello, y que además es directamente proporcional a las capacidades que uno
tenga. Si prometemos que conseguirán un
cierto nivel en un tiempo límite y no lo consiguen, habremos alimentado
problemas de auto estima y muchos llegarán a la conclusión de que “nunca van a
aprender”. Este debería ser el último sentimiento que queramos que sienta un
alumno, y el indicador de que hemos fracasado completamente en nuestra labor
docente.
Por esta misma
razón, y con la empatía como mejor baza, el estudio del carácter de un alumno
es importante. Hay que fomentar situaciones en las que todos los alumnos de una
clase se sientan en igualdad, y a la vez no presionarlos en demasía para que se
suelten y pierdan la timidez en clase o conseguiremos el efecto contrario.
Cualquier alumno, sea de la edad que sea, tiene que confiar por completo en su
profesor; sin embargo, esto no es una situación “sine qua non”. Nosotros somos
los que debemos ganarnos esa posición sabiendo ver cuando un alumno está
preparado para dar un poco más de sí. Personalmente, odio los silencios
incómodos en clase. Es un recuerdo terrible de mis años de instituto y de
universidad: el momento incómodo en el que el profesor te hace una pregunta a
la que no sabes la respuesta, y él sólo te mira durante el minuto más largo de
tu vida mientras el resto de la clase fija sus ojos en ti. Hay gente capaz de
decir “no lo sé”, pero hay otro tanto por ciento (yo estaba incluida en este
grupo) que se pondrá colorado y no articulará palabra. En este ambiente, el
aprendizaje no es fructífero.
A lo largo de este
blog ahondaré en todas estas cuestiones y muchas más sobre el aprendizaje y la
enseñanza; sobre todas esas cosas que he aprendido a lo largo de 21 años y que
procuro poner en práctica en mi academia a día de hoy, porque creo que el
triunfo de un alumno es la mejor prueba de que algo estamos haciendo bien. Eso sí, el camino hacia ese triunfo no suele
ser fácil, y es nuestro deber recordárselo y animarlos a seguir adelante.
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