viernes, 14 de noviembre de 2014

Los profesores abren la puerta

Llegué a la enseñanza más bien por casualidad o por tradición familiar, que casi parece lo mismo, hace ahora más de 21 años. Tenía 14 años y pasé todo un mes de Julio dando clases a niños de entre 6 y 8 años. Les enseñé matemáticas, lengua y un poco de inglés, en unas clases de las que realmente recuerdo poco más que la satisfacción propia de alguien de mi edad cuando me pagaron a final de mes, y supe que podía hacer con ese dinero lo que yo quisiese.

Durante años lo convertí en una costumbre. Una clase de hobby por la que me pagaban lo que yo creía dinero fácil.  Y con los años me di cuenta de que se me daba bien, y que además, era satisfactorio ver que mi trabajo daba sus frutos. Aunque no siempre obtenía el reconocimiento a todo el esfuerzo que conllevaba, cosa que con el tiempo he aprendido que a veces va implícito en esta profesión. Di clases particulares de todas las edades y trabajé en diversas academias impartiendo todas las asignaturas de letras.
Pero no fue hasta hace tan sólo 7 años cuando descubrí que esto, lejos de ser “dinero fácil” y un hobby con el que cubrir gastos, se había convertido en mi vocación.  A partir de ahí, fue sencillo darme cuenta de que en realidad tenía unas ideas muy claras sobre lo que se debe o no hacer en un aula.

Igual que cuando somos padres no deberíamos olvidar nunca que alguna vez fuimos niños y adolescentes, cuando somos docentes es nuestra obligación recordar que alguna vez fuimos estudiantes. Es un fallo muy común. Parece como si nuestro paso por la universidad nos haya hecho olvidar que alguna vez nosotros mismos nos enfrentamos a los mismos problemas que nuestros alumnos. Personalmente, aplico los mismos trucos que me ayudaron a solventar dificultades cuando era estudiante. Ejemplos claros y sencillos para cualquier grupo de edad son la clave. Aunque pueda parecer una obviedad.

Por otro lado, en la medida de lo posible, debemos personalizar nuestra metodología al máximo. Cada alumno es una persona diferente al resto, con características y capacidades propias. Hay distintos tipos de inteligencia (musical, visual, artística, emocional,…), lo que implica que no todos los alumnos aprenden de la misma manera; con lo cual, una sola metodología no es aplicable a todo el alumnado. NO EXISTEN MÉTODOS MILAGROSOS, y nosotros nunca debemos vender a un alumno la promesa de que va a aprender en un determinado tiempo. Siempre les recuerdo a todos mis estudiantes que el tiempo en el que se consiga el resultado buscado va a depender del tiempo que ellos inviertan en trabajar en ello, y que además es directamente proporcional a las capacidades que uno tenga.  Si prometemos que conseguirán un cierto nivel en un tiempo límite y no lo consiguen, habremos alimentado problemas de auto estima y muchos llegarán a la conclusión de que “nunca van a aprender”. Este debería ser el último sentimiento que queramos que sienta un alumno, y el indicador de que hemos fracasado completamente en nuestra labor docente.

Por esta misma razón, y con la empatía como mejor baza, el estudio del carácter de un alumno es importante. Hay que fomentar situaciones en las que todos los alumnos de una clase se sientan en igualdad, y a la vez no presionarlos en demasía para que se suelten y pierdan la timidez en clase o conseguiremos el efecto contrario. Cualquier alumno, sea de la edad que sea, tiene que confiar por completo en su profesor; sin embargo, esto no es una situación “sine qua non”. Nosotros somos los que debemos ganarnos esa posición sabiendo ver cuando un alumno está preparado para dar un poco más de sí. Personalmente, odio los silencios incómodos en clase. Es un recuerdo terrible de mis años de instituto y de universidad: el momento incómodo en el que el profesor te hace una pregunta a la que no sabes la respuesta, y él sólo te mira durante el minuto más largo de tu vida mientras el resto de la clase fija sus ojos en ti. Hay gente capaz de decir “no lo sé”, pero hay otro tanto por ciento (yo estaba incluida en este grupo) que se pondrá colorado y no articulará palabra. En este ambiente, el aprendizaje no es fructífero.

A lo largo de este blog ahondaré en todas estas cuestiones y muchas más sobre el aprendizaje y la enseñanza; sobre todas esas cosas que he aprendido a lo largo de 21 años y que procuro poner en práctica en mi academia a día de hoy, porque creo que el triunfo de un alumno es la mejor prueba de que algo estamos haciendo bien.  Eso sí, el camino hacia ese triunfo no suele ser fácil, y es nuestro deber recordárselo y animarlos a seguir adelante.   

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