miércoles, 19 de noviembre de 2014

Enseñar a adolescentes

Cuando digo que soy profesora la gente tiende a pensar que enseño a niños de primaria, así que se sorprenden bastante cuando digo que no, que me dedico a adolescentes y adultos porque no me considero lo suficientemente apta para la metodología específica que necesitan los niños entre 3 y 11 años. Su sorpresa es mayor todavía cuando afirmo que, en realidad, prefiero lidiar con jóvenes entre 12 y 20 años. "¿Cómo soportas a los adolescentes?"

He ahí el quiz de la cuestión. No se trata de "soportarlos", se trata de entenderlos, guiarlos, generar la confianza en sí mismos que les falta, ser su apoyo y a la vez actuar de persona adulta en la que pueden confiar fuera del núcleo familiar.

Tengo la suerte de dar clase a grupos pequeños, cosa que no todos los profesores pueden hacer y lo que a veces dificulta en demasía todas las otras labores docentes al margen de una asignatura. Estoy con ellos desde los 12-14 años hasta que se gradúan, y es imposible describir la satisfacción que me produce verlos llegar hasta allí. En ese momento sabes qué has cumplido tu tarea y que has aportado tu granito de arena para ayudarlos a ser la persona que se están convirtiendo. Pero sí, el proceso hasta ahí es duro para ambas partes.

¿Qué cosas creo que se deben y no hacer cuando tratamos con adolescentes?

1) Nunca, jamás, debemos desanimarlos. Los adolescentes están en una etapa en la que las emociones las tienen más a flor de piel. Se sienten atacados fácilmente y muy poco comprendidos en general por los adultos. Detrás de toda esa actitud de sabelotodos yace una baja autoestima que ellos no están dispuestos a reconocer, porque los hace más vulnerables de lo que ya son. Si bien es cierto que tienen muchos "pájaros en la cabeza", no debemos desalentarlos abruptamente. Es nuestro deber, hacerlos razonar y llegar ellos mismo a sus propias conclusiones. Si tienen una idea que nosotros creemos que es descabellada, debemos hacer que trabajen sus argumentos para defenderla.

2) Los adolescentes necesitan dos de cal y una de arena. No debemos perder nuestra firmeza con ellos ya que conseguiremos que, en vez de respetarnos, simplemente nos odien; lo que en general lleva a que no nos escuchen absolutamente nada de lo que les decimos. Soy muy exigente en clase a todos los niveles. Les pido no sólo que tengan determinado nivel en una asignatura, sino que hagan las cosas bien y sin desgana, que se esfuercen con cada cosa que hacen; pero sobre todo que sean respetuosos conmigo, con el resto de sus compañeros, con sus otros profesores y con sus padres. Pero cuando están haciendo algo bien hay que reconocérselo. Esto no significa que haya que premiarlos. No deberían tener un premio por hacer lo que tienen que hacer, pero sí que deberíamos darles un reconocimiento. Se merecen saber que están en el buen camino y que nosotros los vamos a animar a seguir por ahí.

3) No debemos mentirles. Cuando lo hacemos, estamos fomentando que ellos repitan ese mismo comportamiento. NUNCA les miento, y se lo explico desde el principio. En mi clase está terminantemente prohibido decir "Eso es mentira". Y ellos saben que es un razonamiento lógico: yo no miento, puedo estar equivocada en lo que digo, pero no les miento. Con los años aprenden todos a decir "Eso no es verdad", y saben que así le estás dando a alguien el margen de la duda. Si algún día hacen algo que merezca que yo hable con sus padres, los pongo en sobreaviso. Saben que lo mismo que les digo a ellos en clase es lo que les voy a decir a sus padres. No los traiciono y cuando llegan a casa, saben con lo que se van a encontrar. De la misma manera que un castigo tampoco viene de la nada. Saben perfectamente que sus actos tienen consecuencias y tienen que aprender a asumirlas, porque así será en el futuro.

4) No les pongo las cosas fáciles (en el futuro no las van a tener). Aunque doy clases de apoyo, jamás hacen los deberes conmigo. Sus profesores deben de tener todos los datos correctos para evaluarlos. Si los deberes están perfectos y luego el nivel no se corresponde en el examen surge un gran conflicto para ellos. La evaluación debe ser justa y para ello, para empezar, los profesores deben de tener la información adecuada. Lo mismo con las dudas que puedan tener. Muchas veces vienen y me dicen "Judith, no entiendo este tema", a lo que yo les contesto "¿Por qué? o ¿Qué parte?". La mayor parte de las veces no han prestado atención en clase, no se lo han leído, etc, y el camino más fácil para ellos es que alguien lo vuelva a hacer por ellos. NO LES HACEMOS NINGÚN FAVOR ASÍ. Los hago leerse el tema y después podemos ir aclarando sus dudas.

Una de las finalidades que busco con todo esto es que aprendan a hacer las cosas por sí mismos. No quiero que me sigan necesitando cuando vayan a la universidad porque eso significaría que no he hecho bien mi trabajo. Debemos darles herramientas para que se defiendan en la vida y que puedan ser personas independientes, libre-pensadoras, que se cuestionen el mundo que los rodea y que no tomen un simple SÍ o un NO por válidos. Debemos ayudarlos a convertirse en personas respetuosas pero que a la vez sepan defenderse. No se trata únicamente de inculcar conocimientos, sino de que aprendan el valor que tienen. Cuando me preguntan por qué no deben conformarse con un 5 les respondo " 1. Porque puedes hacerlo y 2. porque en el futuro eso es lo que te dará opciones; podrás elegir y no conformarte con la única cosa que puedas hacer". Tienen que aprender que el esfuerzo y el trabajo los hará llegar más lejos que un cerebro brillante sin usar; que deben exprimir al máximo todas sus posibilidades.

Pero también quiero que aprendan a no dejar de soñar, a no dejar de ser curiosos, a siempre aspirar a más, y sobre todo a ser felices con lo que sea que decidan libremente hacer con su vida.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Los profesores abren la puerta

Llegué a la enseñanza más bien por casualidad o por tradición familiar, que casi parece lo mismo, hace ahora más de 21 años. Tenía 14 años y pasé todo un mes de Julio dando clases a niños de entre 6 y 8 años. Les enseñé matemáticas, lengua y un poco de inglés, en unas clases de las que realmente recuerdo poco más que la satisfacción propia de alguien de mi edad cuando me pagaron a final de mes, y supe que podía hacer con ese dinero lo que yo quisiese.

Durante años lo convertí en una costumbre. Una clase de hobby por la que me pagaban lo que yo creía dinero fácil.  Y con los años me di cuenta de que se me daba bien, y que además, era satisfactorio ver que mi trabajo daba sus frutos. Aunque no siempre obtenía el reconocimiento a todo el esfuerzo que conllevaba, cosa que con el tiempo he aprendido que a veces va implícito en esta profesión. Di clases particulares de todas las edades y trabajé en diversas academias impartiendo todas las asignaturas de letras.
Pero no fue hasta hace tan sólo 7 años cuando descubrí que esto, lejos de ser “dinero fácil” y un hobby con el que cubrir gastos, se había convertido en mi vocación.  A partir de ahí, fue sencillo darme cuenta de que en realidad tenía unas ideas muy claras sobre lo que se debe o no hacer en un aula.

Igual que cuando somos padres no deberíamos olvidar nunca que alguna vez fuimos niños y adolescentes, cuando somos docentes es nuestra obligación recordar que alguna vez fuimos estudiantes. Es un fallo muy común. Parece como si nuestro paso por la universidad nos haya hecho olvidar que alguna vez nosotros mismos nos enfrentamos a los mismos problemas que nuestros alumnos. Personalmente, aplico los mismos trucos que me ayudaron a solventar dificultades cuando era estudiante. Ejemplos claros y sencillos para cualquier grupo de edad son la clave. Aunque pueda parecer una obviedad.

Por otro lado, en la medida de lo posible, debemos personalizar nuestra metodología al máximo. Cada alumno es una persona diferente al resto, con características y capacidades propias. Hay distintos tipos de inteligencia (musical, visual, artística, emocional,…), lo que implica que no todos los alumnos aprenden de la misma manera; con lo cual, una sola metodología no es aplicable a todo el alumnado. NO EXISTEN MÉTODOS MILAGROSOS, y nosotros nunca debemos vender a un alumno la promesa de que va a aprender en un determinado tiempo. Siempre les recuerdo a todos mis estudiantes que el tiempo en el que se consiga el resultado buscado va a depender del tiempo que ellos inviertan en trabajar en ello, y que además es directamente proporcional a las capacidades que uno tenga.  Si prometemos que conseguirán un cierto nivel en un tiempo límite y no lo consiguen, habremos alimentado problemas de auto estima y muchos llegarán a la conclusión de que “nunca van a aprender”. Este debería ser el último sentimiento que queramos que sienta un alumno, y el indicador de que hemos fracasado completamente en nuestra labor docente.

Por esta misma razón, y con la empatía como mejor baza, el estudio del carácter de un alumno es importante. Hay que fomentar situaciones en las que todos los alumnos de una clase se sientan en igualdad, y a la vez no presionarlos en demasía para que se suelten y pierdan la timidez en clase o conseguiremos el efecto contrario. Cualquier alumno, sea de la edad que sea, tiene que confiar por completo en su profesor; sin embargo, esto no es una situación “sine qua non”. Nosotros somos los que debemos ganarnos esa posición sabiendo ver cuando un alumno está preparado para dar un poco más de sí. Personalmente, odio los silencios incómodos en clase. Es un recuerdo terrible de mis años de instituto y de universidad: el momento incómodo en el que el profesor te hace una pregunta a la que no sabes la respuesta, y él sólo te mira durante el minuto más largo de tu vida mientras el resto de la clase fija sus ojos en ti. Hay gente capaz de decir “no lo sé”, pero hay otro tanto por ciento (yo estaba incluida en este grupo) que se pondrá colorado y no articulará palabra. En este ambiente, el aprendizaje no es fructífero.

A lo largo de este blog ahondaré en todas estas cuestiones y muchas más sobre el aprendizaje y la enseñanza; sobre todas esas cosas que he aprendido a lo largo de 21 años y que procuro poner en práctica en mi academia a día de hoy, porque creo que el triunfo de un alumno es la mejor prueba de que algo estamos haciendo bien.  Eso sí, el camino hacia ese triunfo no suele ser fácil, y es nuestro deber recordárselo y animarlos a seguir adelante.